Septiembre
No te vayas, no hablo del mes sino de un libro que te recomiendo
Septiembre, cuando todo empezo
El mes de septiembre, mi preferido, da título a la novela de Rosamund Pilcher que ahora catalogaríamos como cozy feelgood aunque entonces no se llevara esa etiqueta. Suelo decir que fue mi primera vez, la más importante, porque me enamoré del género. Esta novela la leí tres veces casi seguidas: la primera, en español, me gustó tanto que la elegí para prepararme una prueba en inglés y la volví a leer la segunda (en inglés) y la tercera (en español) de forma simultánea, página a página, para ver cómo la habían traducido.
La primera vez que leí Septiembre, como te digo, no sabía qué era el cozy, nadie me había hablado de novelas feelgood y yo tampoco necesitaba ponerle un nombre a aquella sensación. Solo sabía que, cada vez que abría el libro, entraba en una casa escocesa donde el fuego me esperaba encendido, había pasteles enfriándose en la ventana y las preocupaciones parecían más llevaderas porque se compartían alrededor de una mesa.
Años después, cuando empecé a interesarme por este tipo de historias y acabé escribiendo las mías, comprendí que Rosamunde Pilcher había sido mi primera puerta de entrada. Mucho antes de soñar con Breatown, Vilabruma o una cafetería-librería frente a la ría, yo ya había descubierto el placer de instalarme durante unos días en un lugar inventado y sentir que conocía sus caminos, sus casas y a las personas que vivían en ellas.
Septiembre transcurre en Escocia y comienza en mayo, cuando las familias Aird y Balmerino reciben la invitación a una gran fiesta que se celebrará al final del verano. Faltan varios meses, pero ese acontecimiento empieza a atraer hacia Strathcroy a personajes que viven lejos y a remover la vida de quienes nunca se marcharon. La fiesta funciona como un hilo que los va reuniendo y también como una fecha inevitable: cuando llegue septiembre, ciertas conversaciones ya no podrán aplazarse.
Rosamunde Pilcher se toma su tiempo para acercarnos a cada personaje. Entra en sus casas, se sienta con ellos a desayunar, escucha sus preocupaciones y nos permite conocer incluso aquello que todavía no son capaces de confesarse. Violet Aird, con su manera serena de cuidar a los demás sin dirigir sus vidas, ocupa el centro emocional de la novela. A su alrededor aparecen matrimonios heridos, problemas económicos, amores que llegan cuando nadie los esperaba y viejas decisiones que regresan convertidas en una visita incómoda.
Entre todos esos personajes, Pandora conserva una presencia especial incluso antes de volver a Escocia. Se marchó veinte años atrás y su nombre continúa flotando en las conversaciones, en los recuerdos familiares y en todo lo que quedó sin resolver. Su regreso altera el equilibrio de quienes aprendieron a vivir con su ausencia. Pandora trae consigo la energía de las personas que entran en una habitación y cambian el aire, aunque también carga con una historia mucho más frágil de lo que deja ver.
La novela contiene dolor, secretos y conflictos familiares bastante serios, por eso cuesta encajarla dentro de la idea más estrecha que hoy tenemos del cozy. Aquí la vida tampoco se vuelve amable por arte de magia. Archie e Isobel atraviesan dificultades económicas, Virginia y Edmund se enfrentan por el futuro de su hijo, Alexa intenta encontrar su lugar y el pasado se cuela por las rendijas de unas familias que llevan demasiado tiempo protegiendo las apariencias.
Por eso, es la típica novela que considero cozy por el ambiente y el entorno, y feelgood por ese punto emocional de las relaciones humanas y la esperanza de mejorar.
Regreso a Septiembre por todo lo que sucede alrededor de esos conflictos. Por las cocinas donde siempre parece haber una tetera preparada, las chimeneas encendidas al caer la tarde, las conversaciones que se alargan después de comer y los paisajes escoceses que acompañan el estado de ánimo de los personajes. El clima, las casas y las comidas forman parte de la historia. Pilcher consigue que una bandeja de desayuno, un jersey grueso o el sonido de un coche acercándose por el camino nos importe porque sabemos quién espera dentro.
Esa atención a la vida cotidiana fue uno de mis primeros descubrimientos como lectora. Una novela podía emocionarme sin avanzar a toda velocidad ni colocar un sobresalto al final de cada capítulo. Podía detenerse en la llegada de una visita, en los preparativos de una cena o en la elección de un vestido para la fiesta y, aun así, mantenerme pendiente de lo que ocurría. Debajo de esos gestos domésticos circulaban el miedo, el deseo de ser querida, los celos y la esperanza de reparar aquello que aún tenía remedio.
También aprendí algo que sigo buscando en mis lecturas y procuro llevar a mis novelas: el lugar puede convertirse en una forma de compañía. Strathcroy acaba siendo mucho más que un escenario bonito. Es el punto al que regresan quienes necesitan recordar de dónde vienen y donde otros descubren una vida que jamás se habían permitido imaginar. Las casas guardan la historia de las familias, el paisaje participa en sus cambios y la proximidad entre los vecinos crea esa red invisible que sostiene a unos personajes cuando su propio mundo empieza a tambalearse.
Septiembre tiene casi seiscientas páginas y requiere una lectura tranquila. Su ritmo pertenece a una época en la que las novelas se permitían permanecer durante más tiempo junto a sus personajes. Para mí, ese es precisamente uno de sus encantos. Al terminarla, conocemos las habitaciones, hemos recorrido las carreteras escocesas y sentimos cierta nostalgia al despedirnos, igual que cuando cerramos la puerta de una casa en la que hemos sido felices.
Rosamunde Pilcher me enseñó que una historia podía albergar conflictos profundos y conservar, aun así, una mirada cálida sobre las personas. Sus personajes se equivocan, callan más de la cuenta y toman decisiones que hacen daño. La autora los observa con una comprensión que nunca los vuelve planos. Incluso cuando resulta difícil quererlos, podemos entender qué herida los ha llevado hasta allí.
Quienes me conocéis diréis que me repito y tendréis razón, pero es que lo siento así. Considero a Septiembre como mi primera experiencia cozy y feelgood, aunque la etiqueta llegara mucho más tarde. Para mí yo antes de ser escritora, la sensación ya estaba allí: aquella intimidad con los personajes, el apego a un lugar y el deseo de quedarme un rato más junto al fuego, escuchando cómo la lluvia golpeaba los cristales de una casa escocesa. Porque te confieso que cerraba los ojos para verme en la escena, hasta ese punto de frikismo puedo llegar.
Ahora sé que buena parte de las historias que escribo nacieron también de lecturas como esta. De la necesidad de crear lugares a los que una lectora pueda volver cuando la vida de fuera le angustia demasiado. Pueblos donde las personas se conocen, casas que conservan recuerdos y mesas alrededor de las cuales todavía es posible empezar de nuevo.
Antes de Vilabruma estuvo Strathcroy. Antes de Un café entre nubes, una novela de Rosamunde Pilcher me abrió la puerta de una casa en Escocia y me invitó a pasar. Yo todavía no conocía el nombre de aquel refugio literario, pero reconocí enseguida la sensación de haber llegado a un lugar en el que quería quedarme.
Ahora vuelvo a ella para recordarme qué es lo que quiero lograr, generar esas sensaciones en mi cabeza para poder plasmarlas en el teclado. No solo Septiembre, también otras que llegaron después y que me gusta releer en verano también para empaparme de la forma de escribir pre-IA, que ahora parece que todo suena igual y necesito acudir a mis referentes para quitarme esa sensación.
Si te apetece leerla este verano, puedes usar mi enlace de afiliado aquí:
Si quieres conocer qué otras novelas me inspiran, te dejo el enlace a mi cuenta en Instagram de novelas feelgood:
Y si prefieres pasar el verano en Vilabruma, empieza por Un café entre Nubes; en septiembre (mmm, ¿casualidad?) sale La librería de los recuerdos de barro (ya en preventa):
Con amor,
DdB




