Cómo nació Vilabruma
El pueblo de Un café entre nubes tiene un origen.
Con Un café entre nubes tuve claro desde muy pronto que la historia no iba a empezar por la trama, sino por el lugar. Antes de conocer bien a los personajes o de entender qué heridas traían consigo, ya sentía la presencia de un pueblo junto al agua, envuelto en esa bruma suave que difumina las líneas y vuelve todo un poco más íntimo. Lo veía húmedo, silencioso, con calles que invitan a pasear en calma y una forma de vivir en la que todavía queda espacio para los encuentros que cambian un mal día.
Lo primero que apareció con nitidez fue el café.
No lo planteé como un elemento bonito dentro del paisaje, sino como el verdadero centro emocional de la novela. Quería un lugar donde la gente entrara sin saber muy bien qué necesitaba y terminara encontrando algo que no esperaba: una conversación, una rutina nueva, una pausa en mitad del día, la sensación de que durante un rato el mundo deja de presionar hacia la productividad. Desde sus ventanas podía verse la ría, el cielo cambiante, la lluvia fina, la luz de las tardes reflejada en el agua. Ese café se convirtió enseguida en el corazón silencioso desde el que la vida de Vilabruma empezaba a tener sentido para mí.
El pueblo nació, en realidad, de una necesidad muy concreta: imaginar un espacio donde una mujer pudiera llegar por casualidad, sin ser consciente de cuánto le costaba la vida, y, poco a poco, empezar a sentirse menos expuesta. Me interesaba construir un lugar con carácter propio, uno que no se limitara a sostener la acción, sino que la transformara. La humedad, la cercanía del agua, la calma casi melancólica del norte, el rumor de las tardes y esa belleza cotidiana que aparece en los sitios donde el tiempo parece moverse distinto, tenían que formar parte de la experiencia de lectura.
Siempre me han fascinado esos escenarios ficticios que una lectora recuerda casi como si hubiera vivido en ellos. Rincones que permanecen en la memoria por la sensación que dejan, más allá de la trama. Me habéis dicho que os iríais a Breatown con los ojos cerrados y no puedo ser más feliz al recordarlo. Con Vilabruma quise acercarme también a esa idea: crear un pueblo al que apetezca volver no solo por lo que sucede allí, sino por cómo una se siente dentro de sus calles, de su café, de sus silencios.
Te diré que pasé mi infancia en Galicia y algo se debió de quedar conmigo, agazapado, a la espera de que le abriera una puerta. Sentí que había llegado el momento.
Después llegó Vera, y con ella la verdadera pregunta que arranca la novela. Qué ocurre cuando una mujer se desplaza a un lugar nuevo sin tener respuestas claras, pero con la certeza íntima de que algo en su vida necesita cambiar. Me atraía esa clase de transformación que no nace del estruendo, sino de pequeños movimientos casi invisibles. Vera toma una decisión en un impulso, sin una intención concreta; es como una puerta que se abre en el momento justo, una oportunidad que al principio parece solo una pausa y que se convierte en un modo de vida.
¿Qué habría pasado en su vida si no hubiera seguido ese impulso? La vida la llamaba y por fin se dio cuenta.
Vilabruma también surgió de otra intuición que me acompaña mucho al escribir: pensar qué clase de lugar podría ayudar a alguien a volver a imaginar una vida más suya. La respuesta, en este caso, tenía la ría muy cerca, la brisa húmeda, las tardes largas, gente imperfecta y cercana, y un café desde el que mirar el agua mientras algo por dentro empieza a serenarse.
Dentro de ese paisaje también había espacio para el amor, claro, aunque no para uno que irrumpiera con violencia o exigiera dejar de ser quien una es. Quería un amor que llegara despacio, que se mezclara con la libertad y que obligara a mirar de frente las preguntas importantes. Un amor que elige volver cada vez que tiene que irse.
Escribir Un café entre nubes fue, en muchos sentidos, construir un refugio literario y emocional. Un lugar al que enviar a mis lectoras cuando necesitan una historia bonita, cálida y con mar, pero también un espacio donde recordar que empezar de nuevo no siempre implica romper con todo, sino encontrar el escenario adecuado para escucharse mejor (aunque físicamente no te desplaces).
La memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados.
— Ana María Matute
El corazón de esta novela está justo ahí, en la posibilidad de descubrir un lugar donde volver a empezar sin dejar de ser una misma.
Ese lugar se llama Vilabruma.
Un café entre nubes te espera en Amazon: un pueblo costero junto a la ría, un café con vistas al agua, segundas oportunidades y un romance slow burn que llega con la misma calma con la que cae la bruma al final de la tarde.
Con amor,
DdB


